Desde que tengo uso de razón o memoria, mejor dicho, mi discurso siempre fue “de política yo no entiendo nada” y bajo ese lema, no opinaba. No me metía y, mucho menos, pensaba sobre el tema.
En realidad, ahora que lo escribo me doy cuenta de que tenía mis ideas formadas a partir de haber leído bastante. Sabía que un buen político es aquel que lleva sus ideales como bandera sin venderlos ni doblarlos. Sabía, por ejemplo, que no sirve de nada saltar de partido en partido sólo para obtener un lugar de privilegio en el gobierno (en cualquiera de sus ámbitos) sólo por tener un poco de poder. El poder… el peor consejero de todos los tiempos… el enemigo de los principios, de las ideas, de la humildad. El mejor amigo del miedo… el miedo de los otros.
Consideraba, a partir de esto, en desacuerdo o no con las ideas políticas en sí, que Jesucristo (de creer en su existencia) fue el primer, gran político. Que el CHE, fue otro. Dos revolucionarios. Dos tipos que defendieron lo que creían hasta el final. Hasta las últimas consecuencias. Uno, abandonado por su padre y traicionado por su discípulo. Otro, simplemente dejado a la merced del alcance de las manos de quienes querían deshacerse de él con el mismo ímpetu, con las mismas ganas con las que se luchó contra la rabia.
Desde muy chica me sentí golpeada por cosas que se terminaron un mes antes de que naciera. A los 15 años terminé de leer “Nunca más” con un nudo en la garganta, un vacío completo en el pecho y un terror animal creyendo que esto podría volver a sucedernos… que “eso”, específicamente, podría sucederme a mí. Ahora, estoy segura de que eso podría haberme sucedido a mí. Podrían haber sido míos los huesos rotos, la sangre derramada, el deseo de morir. Y me enorgullece. Porque sé que eso le pasó a quienes pensaban. A quienes defendieron la democracia hasta las últimas consecuencias… como Cristo, como el Che.
Hoy agradezco a Néstor y Cristina ya no tener miedo. Porque un pueblo que olvida es un pueblo que repite y ellos no nos dejaron olvidar. Ni a nosotros que sufrimos con el dolor de aquellos ni a los que lo vieron pasar de costado, sin decir nada y que hoy piden (desde el fondo más hondo de su ignorancia) que vuelvan los militares para “frenar la inseguridad” y, mucho menos, a quienes lo hicieron. A quienes, con las mismas manos que acariciaron a sus hijos (o a los hijos de otros que fueron apropiados), desnudaron sus cuerpos, lavaron sus caras y sus culpas; fueron capaces de picanear hasta la muerte, empujar de helicópteros, ahogar en baldes, violar, robar…
Nosotros no olvidamos. La historia y quienes nos lideran hoy, no nos dejan.
Con la muerte de Néstor, ese tipo desgarbado y poco protocolar del que tanto se han burlado, empieza una nueva etapa. Se cierra la posibilidad de un “Nestor 2011″ pero se abre un mundo de nuevas alternativas.
Cuando me enteré de la noticia al principio no lo creí… después, cuando lo entendí… cuando pasó ese tiempo que siempre pasa entre la muerte y la realidad, me encontré preguntándome a quién votar el año que viene? Durante el transcurso del día, entendí todo. Entendí que no estaba sola en mi dolor. Vi millones de Argentinos desfilar a 6 cuadras de mi casa llorando, sientiendo que se les había perdido un amigo, un padre. Me encontré con miles de caras en las que pude reconocer la mía. La de una joven que volvió a sentir que la política puede ser de otra forma.
Sin ser demasiado demagoga, porque de eso hubo mucho durante estos días, sólo quiero agradecer…
Porque a partir de ahora, nuestra Argentina es otra. Porque hay miles de personas sintiendo esto, sabiendo que hay que recuperar el pensamiento, la opinión. Porque, sin ir más lejos, podemos opinar. Podemos disentir, podemos manifestar, podemos estudiar.
Gracias porque ahora creo un poco más en la política… porque ahora puedo descansar sabiendo que hay una mujer, una vecina del barrio, que hoy está llena de dolor pero que sabe, sobre todo y ante todo sabe que hay un pueblo que está con ella. Que no la va a dejar caer.
